El juego: un instrumento de la evolución

Enrique Aguilar

Cuando fuimos niños la experiencia de jugar nos ponía en disposición de desplegar nuestras capacidades potenciales. Capacidades de acción, de sentir y de pensamiento.

El juego en sí es la forma que por naturaleza disponemos para aprender y desarrollar aquello que llevamos dentro en potencia, es decir, nuestras capacidades, dones y talentos.

El entusiasmo es la fuerza que nos empuja a jugar y consecuentemente a desarrollarnos. Podríamos definir el juego como la experiencia que realizamos por el disfrute mismo de realizarla. 

Generaciones tras generaciones han orientado la acción al esfuerzo y al sacrificio. Hemos olvidado que el entusiasmo es la cualidad natural para descubrir por nosotros mismos el camino de la autorrealización. Es decir, hacer real aquello que somos en potencia. Ser uno mismo.

En cuanto un bebé desarrolla mínimamente sus capacidades motoras comienza a jugar, disfruta haciéndolo y así se va desarrollando. El juego va evolucionando a medida que el niño crece, ampliando sus posibilidades de experimentación y aprendizaje. Así el niño va desplegando sus capacidades, ejercitándolas. Lo natural sería respetar este mecanismo evolutivo hasta la vida adulta. Si fuera así, el trabajo del adulto sería su juego. Desde este punto de vista, ir a jugar e ir a trabajar debería ser lo mismo para un adulto. Y lo mismo sería para el niño en su etapa escolar. Ir al colegio e ir a jugar debería ser lo mismo, puesto que recordemos que jugar es el mecanismo a través del cual el ser humano desarrolla sus capacidades corporales, emocionales y cognitivas de una forma natural, amable y gozosa.

Un gatito juega todo el tiempo junto con sus hermanos al amparo de su mamá gata. El gatito juega a esconderse, a permanecer sigiloso y en silencio, a saltar por sorpresa sobre uno de sus hermanos… Nuestro gatito jugando desarrolla todas las capacidades que necesita ejercitar para ser autónomo en la vida de adulto. ¿Qué pasaría si impidiéramos al gatito su juego? Obviamente no aprendería a valerse por sí mismo, moriría si tuviese que alimentarse por sí mismo.

El asunto con el ser humano es algo más complejo, no obstante, el ejemplo del gatito nos ayuda a empezar a comprender la gravedad y profundidad de la interrupción del juego en los seres humanos. Lo primero que hay que tener claro es que hemos normalizado socialmente que dejar de jugar es algo natural y esto es falso. Lo natural sería mantener la actitud de entusiasmo, curiosidad y vitalidad si no hubiera algo que lo interrumpiera.

¿Cómo es el proceso de interrupción del juego?

En esencia desde muy temprana edad se comienza a sustituir la experiencia que nace del interés interno del niño (el juego), por la experiencia impuesta de afuera que nace del interés del adulto y los valores de la sociedad vigente. De manera inconsciente padres y educadores sometidos por un sistema y unas creencias, van actuando a favor de ir apagando el entusiasmo del niño por jugar, es decir, su desarrollo natural. Y lo hacen para producir un desarrollo artificial, más cercano a un proceso de domesticación que a un proceso de desarrollo humano.

Lo que hay detrás de la interrupción del juego es la falta de sensibilidad, de respeto y de libertad a la etapa infantil del ser humano por la generación adulta vigente. Esta falta de respeto a la naturaleza del ser humano toma infinidad de formas: violencia, proyección de expectativas de los padres a sus hijos, imposición de un modelo de aprendizaje en la etapa escolar, imposición a homogenizar la conducta humana, abandonos, etc.

¿Cuáles son las consecuencias de la interrupción del juego natural y espontáneo? 

La consecuencia de no respetar la naturaleza del niño es la sociedad tal y como la conocemos. Millones de personas sintiéndose frustradas llevando una vida llena de cargas, sintiéndose esclavos de sus «deberías» y «tendrías». Millones de personas que no saben lo que les gusta, que se aburren en su trabajo perdiendo poco a poco su vitalidad. Millones de personas que han olvidado que son seres creativos que pueden buscar respuesta a los obstáculos con sus propias capacidades. Millones de personas que no han madurado ni emocional ni relacionalmente puesto no han jugado lo suficiente para aprender estas facetas de la evolución y desarrollo humano. Millones de personas aisladas viviendo en la carencia y en la insatisfacción…

Esta forma de actuar está retrasando la evolución y maduración de las personas a título individual y de los sistemas sociales a título colectivo. Podríamos decir que la sociedad enferma en la que vivimos y la infelicidad generalizada de las personas es consecuencia de la falta de respeto al desarrollo natural del ser humano en su etapa infantil.

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