En busca del entusiasmo

Enrique Aguilar

El sustantivo entusiasmo procede del griego «enthousiasmós», que viene a significar etimológicamente algo así como «rapto divino» o «tener a dios dentro».

La idea que hay detrás de la etimología de esta palabra es que cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo es un dios el que entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse, como les ocurría —creían los griegos— a los poetas, los profetas y los enamorados. Todos ellos estaban poseídos por la divinidad y por ello merecían respeto y admiración, pues llegaban a alturas que no podían ni siquiera vislumbrar las gentes de a pie.

El entusiasmo es la brújula que orienta el camino vital de la plenitud y la autorrealización. Tener a «dios dentro» es una hermosa forma de expresar que ya portamos todo dentro de nosotros, que tenemos todo lo necesario para ser personas dichosas, que la totalidad ya está en nosotros. El problema es que hemos olvidado esto a favor de buscar todo afuera. El amor, el reconocimiento, la seguridad, la sabiduría,  la espiritualidad lo buscamos fuera, en otras personas, experiencias o cosas.

¿Cómo es que existen tantas personas que no orientan sus trabajos a lo que les gusta? ¿Cómo es que hay tantas personas cansadas, estresadas, esforzándose hasta perder la salud? ¿Qué provoca que tantas personas vivan insatisfechas? ¿Cómo es que millones de personas están esperando que les den un trabajo en lugar de crearlo?  ¿Cómo es que hay tantas personas desorientadas y que no saben lo que les apasiona? ¿Cómo es que muchas personas no comprenden que son seres creativos?

¿Dónde quedó el entusiasmo del niño que fuimos cuando veíamos algo por primera vez? Entusiasmo que nos empujaba a jugar, curiosear, experimentar, a desarrollar nuestras capacidades físicas, afectivas y mentales. El entusiasmo que nos daba la fuerza natural para aprender sin esfuerzo. Entusiasmo que permite a las personas a madurar en el sentido de plenitud y autorrealización y no en el sentido de envejecer.

El entusiasmo es la cualidad, dada por naturaleza, que nos motiva a desplegar nuestras capacidades potenciales, a desarrollarnos, a aprender y a disfrutar de nuestra esencia creativa.

Lo niños pequeños son poseedores de este tesoro. Los adultos podemos reconocer este don y nos maravillamos de verlo. Cuando vemos un niño entusiasmado nuestra alma resuena y reconocemos, aunque sea inconscientemente, una verdad suprema. Damos por normalizado que eso que tiene el niño lo vamos perdiendo a medida que crecemos, como si madurar implicara perder la alegría de aprender, curiosear y tener interés por experiencias nuevas.

¿Y si lo que no es normal es que los adultos perdamos esta capacidad de entusiasmarnos?, ¿y si estamos haciendo algo que hemos normalizado y que está inhibiendo esta capacidad natural de la que venimos hablando?. ¿Te imaginas una sociedad de personas entusiasmadas, alegres y ganando  dinero haciendo aquello que les apasiona? ¿Por qué no?

Encontraremos muchas claves para entender estas preguntas en cómo fuimos educados. Nos consideraron un contenedor al que había que introducir contenidos, en lugar de una totalidad que había que acompañar para que se desarrollase. Nos enseñaron a inhibir nuestra energía, nuestra alegría y nuestra curiosidad a favor de unos horarios, unas materias de aprendizaje, una jerarquía del conocimiento y lo más grave, nos sometieron a una única forma de aprender…

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